Cuando una persona toca fondo, tiene dos opciones: seguir en lo más profundo de su melancolía y frustración o recoger los trozos de su alma rota en mil pedazos, pegarlos con un poco de amor propio y erigirse hasta alcanzar su autoestima perdida.
Llega un momento en la vida en la que te planteas: "¿y ahora qué?, ¿que he hecho?¿estas orgulloso de lo que has conseguido?" La gente te ha abandonado. Has visto a través de los ojos de la vida como cada persona que te hacía daño dejaba una marca en tu corazón, un aviso advirtiendo que no había un equilibrio emocional dentro de él. Pero el corazón tiene un límite y estaba marcado por cientos de señales, cada una de las cuales estaba hecha con odio, vergüenza, rencor... Pensabas que lo mejor era guardarlo en lo más profundo, bajo llave, bajo la llave la ignorancia. No era la llave correcta. Creías que serías superior a todos esos fiascos, que si no les prestabas atención acabarían desapareciendo de tu corazón, de tus pensamientos, de tus pesadillas. Pero no fue así y caíste en vórtice de mentiras, engaños, desilusión. Pensaste incluso en quitarte de en medio, para detener la masacre de sufrimiento que estabas infundando entre la gente que te rodeaba. Tu vida no valía nada
El dolor que sentías y tus llantos desesperados unicamente los podías calmar arrancandote los ojos de las cuencas con tus propias manos, pues no eras lo suficientemente valiente como para poder ver toda la destrucción que causabas.
Todo los días se teñían desde primera hora de un color gris melancólico. Lógico por otra parte, habías perdido la confianza en la sociedad, incluso en ti mismo y a decir verdad habías perdido todo. Te sentías vacío... Daba igual lo que te esforzases en mejorar. Tratabas de ser buena persona pero solo eras capaz de mostrar tu cara canalla y vengativa. Llegó un momento en el que incluso te sentías realizado cuando hacías malas acciones, te sentías satisfecho viendo sufrir a la gente.
Y entonces apareció ella. De pronto todo empezó a cobrar sentido. Pudiste volver a respirar y te alimentabas del aire que exalaba su corazón. Si tenías sed, bebías sus lágrimas cuando se escurrían lentamente por sus mejillas de color melocotón. Recuperaste todo el amor que te habian negado durante demasiados años. Fue entonces cuando decidiste crear un micromundo al rededor de tu diosa. Dicho mundo contaba con todo lo necesarío para prosperar. Habia confianza, respeto, cariño, amor.Llegaste incluso a fusionarte, a reír cuando ella lo hacía, y a llorar cuando alguno lloraba. Tu respiración dependía de ella y por supuesto hubieses dado la vida por verla aunque solo hubiese sido una milésimas de segundo y habrías esperado toda la eternidad para escuchar un oportuno "te quiero". Ella era tu vida entera, de principio a fin.
Jamás intentaste vengarte de ella. Todos tus horribles sentimientos fueron sellados bajo una espesa capa de ternura, comprensión y cariño. Hacía ella solo tenías buenos recuerdos, palabras de agradecimiento y un sentimiento que te obligaba a pensar constantemente en ella. Lo era todo para tí. Desde el primer minuto de la mañana ella copaba toda tu atención y logró teñir los días anteriormente grises de verde esperanza y azul ilusión. Aunque en realidad estaban todos los colores posibles.
Si hubo algo que nunca se te pudo achacar es que jamás dejaste de quererla. Cada día que veía su otoño, cada día que pasaba, la querías más y más. Nunca la dejaste de querer...
Sé que todavía la llevas en tu corazon y que ella también. La pediste perdón y ella te escuchó.
Te acercaste lentamente a su oreja de porcelana y con una voz tímida y temblorosa la susurraste: Perdóname...